(E06) Dakar a Saint Louis

Empezamos nuestro día en Dakar haciendo un poco de turismo. Primero nos dirigimos al imponente Monumento al Renacimiento Africano. Mientras preparaba esta visita antes de comenzar el viaje pensaba que podíamos subir con las motos por la carretera que lo rodea hasta la parte alta del mismo. Nada de eso, accediendo a la parte baja nos encontramos con una valla que no permite el acceso de vehículos, y frente a esta una garita con 3 policías a los cuales conseguimos convencer para que nos permitieran acceder hasta la frontal de las escaleras para echarnos un par de fotos.


Uno de nuestros objetivos en la capital era encontrar alguna pegatina para la moto y algunos souvenirs que llevar a nuestra gente. Cerca de las escaleras que se ven en la foto anterior tenemos la tienda oficial del monumento, pero con nada de nuestro interés. En la misma calle por donde habíamos accedido si que había varias casetas de madera con recuerdos de todo tipo, pero no pegatinas.


Continuamos con nuestra búsqueda dirección al centro. Primero nos topamos con una plaza que parecía llamarse ‘Souvenir’, pero en la que nos encontramos que este nombre pertenecía a un restaurante que hay en la misma. Allí cerca, donde aparcamos las motos, nos encontramos con 2 policías muy enrollados que hacían guardia justo enfrente, y que en seguida se ofrecieron a velar por nuestras máquinas mientras paseábamos por la zona. Además de estos 2 había un despliegue bastante importante alrededor de un complejo que pensamos sería algún tipo de edificación gubernamental.

A nuestra vuelta de la anterior plaza nuestros nuevos amigos nos comentaron que ese gran edificio era sólo un centro comercial, donde quizás pudiera haber algo de lo que andábamos buscando. Uno de ellos se ofreció a acompañarnos dentro del mismo para enseñárnoslo. Allí que fuimos con un guía improvisado, atravesamos al entrar un detector de metales con otros 5 o 6 policías y nos encontramos con un enorme centro comercial al estilo europeo con varias plantas y un agradable aire acondicionado. Lastima que allí todas las tiendas eran como he dicho antes, de estilo europeo, con varias joyerías y mucha ropa de diseño. Tras el agradable y fresco paseo volvimos con nuestro guía a las motos y nos explicaron cómo llegar al mercado de artesanía, donde quizás tuviéramos algo más de suerte en nuestra búsqueda. ¡Vamos allá!.


Llegamos al centro de Dakar en medio de un caos en forma de taxis, motillos con más luces que motor y autobuses abarrotados. Aparcamos las motos bien vigiladas y nos dirigimos a buscar el famoso mercado de artesanía. Este mercado es un edificio bastante grande y abarrotado de género de todo tipo distribuido en dos plantas, lleno de chavales y mujeres con sus máquinas de costura por todos lados. Finalmente encontramos lo que buscábamos, pero a pesar de que la calle del mercado era también una especie de zoco con muchas tiendecitas, no dimos con ninguna pegatina.

Con tanta búsqueda se nos hizo tarde, teníamos que dejar la capital en busca de nuestro siguiente destino, el mítico Lago Rosa. Aunque más marrón que rosa y carente de belleza alguna, no deja de emocionar ver frente a ti el que tantas veces fue el final del rally más conocido del mundo.


Tras un pequeño descanso y alguna compra a nuestras simpáticas amigas continuamos nuestro camino hacia Saint-Louis.

Algo curioso en Senegal es ver la cantidad de camiones con más de 50 años que nos encontramos circulando por la carretera, dejando tras de sí densas nubes de humo negro. Tanto que al final de cada jornada acabábamos tan tiznados que más que turistas parecíamos currantes de las minas de carbón.


Llegamos a Saint-Louis con el atardecer. Fue un precioso espectáculo del que disfrutamos en estos últimos kilómetros del día viendo como poco a poco el sol se iba escondiendo entre las acacias del Sahel.


Esta ciudad, la segunda por tamaño de Senegal, tiene un encanto especial con sus descuidados edificios coloniales y su peculiar Lengua de Barbarie. Para alojarnos esa noche elegimos el Hotel Oasis (38€ por dos personas sin desayuno), un bonito complejo de cabañas casi al final de la lengua. Lástima que llegamos un poco tarde para disfrutar del entorno, pero seguro que tiene que ser una pasada.


Nuestra nueva amiga Cady, como buena anfitriona que es, nos recibe con unas Flags bien fresquitas.


Ya bien hidratados y tras una ducha bien merecida cenamos en el mismo hotel. Un servidor tras el postre se encamino directo a la cama. Nito por su parte no estaba dispuesto a quedarse sin saber que se ‘cocía’ en la noche de Saint-Luois. Tras unas gestiones telefónicas con un amigo senegalés en España, este le buscó un ‘guía’ de excepción con el que a juzgar por la hora que llegó, debió disfrutar de cada uno de los garitos de la ciudad.



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